Hace unos días tuve el placer de visitar con los chicos de primer y tercer año el Teatro Ciego, a una cuadra del Abasto Shopping, como una propuesta del departamento de Historia conjuntamente con el de Lengua y Literatura. La obra que vimos, o mejor dicho vivimos, fue “Luces, la Revolución”, que recrea las invasiones inglesas, la esclavitud, y por supuesto la Revolución, desde la historia de amor de Tomás, personaje en realidad inspirado en Manuel Belgrano, y Dalgara, una criada que lo conoce un día por el río y termina acompañándolo a su casa para curarle una herida. La historia viaja constantemente en el tiempo: Dalgara recuerda una conversación con su madre sobre la escalofriante atestiguación de un inglés, Tomás cuenta su experiencia en las invasiones, en las cuales su amigo y criado Ezequiel murió luchando, se escuchan frases de la última dictadura sobre la Guerra de Malvinas (“Si quieren venir, ¡Que vengan!”) cuando se dice en la obra que los ingleses nunca van a volver, y también se puede oír a Alfonsín recitando el Preámbulo de nuestra Constitución –que ocurrió cuando volvió la democracia- en el momento en que la revolución triunfa. Es una propuesta más bien de humanidades que literaria, ya que no hay un conflicto tan trazado, pero sí se hace referencia a variedad de momentos históricos.
Sin embargo, la razón por la que el conflicto no está tan pulido es porque el objetivo de esta puesta no es atraparnos a través de él, sino a través de nuestros sentidos. Como bien dice su slogan “Lo que ves cuando no ves”, el Teatro Ciego nos introduce al mundo de aquellos que no poseen la capacidad de la vista, haciéndonos agudizar los demás sentidos, sobre todo la audición y el olfato, pero también el tacto. Para entrar a la sala, nos dividieron en grupos de a cinco y nos pusieron en filas, cada uno tomando de los hombros al que tenía delante, como hacen usualmente los ciegos, para no desorientarnos. Cuando ingresamos, no había ni una luz alumbrando el lugar, nada más que la más plena oscuridad que presencié en mi vida. No está permitido prender los celulares ni ningún tipo de iluminación, ya que esto arruinaría la sensación de sumergirnos en la total oscuridad, Incluso cuando el guía me avisó que ya podía sentarme, tenía miedo de no encontrar la silla, y tuvo que ayudarme la preceptora Mariana, que ya estaba sentada a mi lado. A mí, como seguramente a tantos otros que se encontraban en el mismo lugar que yo, me brotó en una primera instancia un estremecimiento de incomodidad, que con el tiempo fue desapareciendo cuando mis demás sentidos comenzaron a actuar. Si he de describirles la habitación que yo supuse, debo confesar que pensé que era como cualquier otro teatro, con muchas filas de butacas y un escenario delante de todos nosotros. Claro que me parecía extraño el hecho de que, durante la puesta, escuchaba las voces demasiado cerca, como si caminaran entre las filas, o quizás controlaban tan bien su tono de habla que podían dar la sensación de estar lejos o cerca según ellos desearan. Por eso en un momento estiré mis pies, buscando una fila delante de mí, o alguna señal de un escenario, o cualquier cosa, pero no encontré nada. Imaginen mi sorpresa cuando prendieron las luces al terminar la función y descubrí que había todo un camino delante de mí y, enfrentados a mí, otros chicos. Había cuatro caminos perpendiculares por los que se trasladaban los actores en la oscuridad, no sólo pronunciando el guión sino además jugando con nuestra percepción e incluyéndonos en la historia.
Una chica me dijo señalando al cartel de la entrada “ahí tenés tu crítica, está mal dicho lo que ves cuando no ves, si no ves nada”, y me dejó analizando ese lema tan contradictorio pero a la vez tan real. Y ocurre que al no poder ver, nuestros oídos, nuestra nariz, nuestra piel, todo en nosotros nos permite imaginar en qué contexto nos encontramos. Cuando Tomás iba nadando por el río, el agua nos salpicó; cuando Dalgara preparó una comida y preguntó si olía bien, un aroma delicioso impregnó nuestras narices; cuando se recordaban las invasiones inglesas, se escuchaban los cañonazos muy cerca nuestro. El ver una obra nos convierte en simples espectadores, observando todo desde afuera; sólo podemos sentir una reducida parte de lo que los personajes viven en carne propia. En cambio al no ver, al oler, sentir y oír lo mismo que los protagonistas, pasamos a vivir la aventura en primera persona, a ver no una representación actoral sino una escena real. La invitación del Teatro Ciego fomenta la inclusión del espectador en la puesta, el percibir una realidad en nuestras mentes que no podemos ver con nuestros ojos, el ponernos en los zapatos de los que día tras día deben manejarse por la vida sin ver, y asimismo el interés por la historia argentina.
Desde mi vivencia personal, fue una experiencia única que gracias a la voluntad de nuestros profesores voy a volver a disfrutar la semana entrante con mis compañeros y los alumnos de segundo y quinto año en “Inodoro Pereyra a Ciegas”. También tenemos, mi hermana y yo, un 2×1 que planeamos aprovechar para ir con nuestra familia y ofrecerles la oportunidad de ver a través de sus sentidos como nosotras pudimos. Un apunte más que me gustaría mencionar es que los actores, al final de la función, nos contaron que no sólo perseveran en encontrar nuevas formas de encender nuestra percepción sino que de la misma forma están por llegar a una meta más avanzada y que anda dando vueltas en mi cabeza: planean llevar el teatro ciego a la cinematografía. ¿Cómo será esto posible? Lo único que sabemos es que consiste en ponernos auriculares por los que nos transmitirán todo lo relacionado a la escucha; sobre olores, sabores y tacto no hay nada escrito aún, o a lo mejor es una sorpresa. Supongo que habrá que ir a ver para sacarnos todas las dudas, pero algo es seguro: las personas con capacidades diferentes nos integran y poco a poco van encontrando todos los medios para lograrlo… haciendo entre todos una sociedad mejor.
Camila Pereira Gomes.

Con su ideología, como muchos definirán como ‘defensiva’, el “Patón” se defiende a capa y espada, como cuando jugaba de dos en Rosario Central y barría a los rivales con los botines bien puestos. “El Método Bauza” es un excelente libro para descubrir las ideas de un entrenador exitoso, ganador de dos Copas Libertadores, en el Club Liga de Quito en 2008 y en el Club San Lorenzo de Almagro en 2014, ambas veces por primera vez, lo que provocó que el paso del Patón como entrenador en las dos ocasiones quede inmortalizado en el corazón y grabado en las retinas de los hinchas.
te, adaptándose a las características de la época. La expresión del mismo y sus movimientos en sí fueron variando según la sociedad, dependiendo de su ingenio y gracia. Pero no todo gira alrededor de lo externo al ser humano y lo concreto, sino que lo que el artista transmite, posee una fuerte correlación con sus sentimientos y perspectiva acerca de la realidad y el origen de la misma. Victoria Ocampo es la ejemplificación de esta afirmación, ya que en todas sus obras no solo incluye una temática social, sino que también expresa sus emociones más profundas a través del género de su época, el surrealismo.
Fue precursora en el movimiento feminista a pesar de la negatividad de una gran parte de la sociedad machista al respecto. Nunca se rindió, llevó su disputa al extremo, yendo a la cárcel por la causa. Escribió una decena de textos, entre los cuales se encuentran testimonios, biografías, poemas y traducciones. Además, no se puede pasar por alto su rol primordial en la Revista Sur (ícono argentino literario) no sólo como principal escritora, sino que también como fundadora, invitando a participar en la misma a diferentes personalidades destacadas de nuestra cultura incluyendo a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.